VOLVER A LA PAGINA  PRINCIPAL
La vieja Europa

31 de mayo del 2003

El fracaso de la política socialdemócrata de IU

María Toledano

Digámoslo con claridad, sin miedo ni rubor. Es necesario replantearse, con una reflexión colectiva y plural el futuro político de Izquierda Unida antes de que sea –si acaso no lo es ya- demasiado tarde. IU, que nació como movimiento de amplia base social, no ha conseguido conectar con la natural dispersión del electorado crítico. Sin pretender entrar en un minucioso análisis cuantitativo -innecesario para la línea argumental de esta petición de principio- es preciso apuntar que la formación liderada por Gaspar Llamazares y su equipo ha obtenido un 6,06% de los votos lo que representa –pese al incremento del censo electoral y la posible entrada en el gobierno de la Comunidad de Madrid con el PSOE- una pérdida total de 103 concejales en el conjunto del territorio nacional. Un grave deterioro, sin duda, de la presencia pública y de la capacidad organizativa, estratégica, de IU.

Es cierto que en algunos lugares concretos de la geografía se ha conseguido incrementar el número de votos y la representación en las instituciones de gobierno local respecto a las elecciones de 1.999, pero tanto en Cataluña como en el País Vasco y Navarra -donde los resultados han sido superiores a la anterior convocatoria-, un cúmulo de circunstancias externas ha propiciado esta subida. Es probable que la increíble ilegalización de Batasuna –aunque este proceso y su repercusión electoral requeriría un estudio detallado- por un lado, y la reunificación de una parte de la izquierda en Cataluña –donde la contestación antiglobalización ha acudido a las urnas- por otro, son razones suficientes que explicarían este incremento. O la ilusión del incremento.

Este porcentaje, este escaso y ramplón 6,06% -dejando al margen las encendidas e incomprensibles declaraciones de los dirigentes de la formación la triste noche electoral- sólo puede ser interpretado como un mal resultado, un pésimo balance para la izquierda radical y transformadora. Tras las elecciones del 25 de mayo, parece lógico afirmar que la dirección federal de IU se encuentra estancada. Varada. Anclada en un modo de hacer política - gestual, virtual- propia de los partidos de corte socialdemócrata con aspiraciones a ser partido de gobierno. Nada que ver, obviamente, con una formación o partido político con deseos de cambiar, desde la raíz, el estado de las cosas. IU debería aportar una concepción diferente del mundo, una propuesta anticapitalista centrada en las insoportables condiciones de trabajo y vida. A este paso, y si no se gira con urgencia hacia la izquierda, IU acabará siendo una corriente –y no de las más críticas- del PSOE. Una corriente socialdemócrata navegando sin rumbo a merced de un partido histórico cuyo reciente pasado de corrupciones y crímenes es preferible olvidar.

Ni IU, ni el PSOE -su resultado debería también poner en tela de juicio la gestión de sus estilizados dirigentes- han conseguido frenar la poderosa presencia de la derecha social y política que representa el PP.

Rodríguez Zapatero no ha alcanzado el nivel esperado (con la decepción reflejada, personalizada, en el rostro de su apuesta personal, Trinidad Jiménez) e IU no ha sabido atraer el voto contestatario, radical.

Estas elecciones, por tanto, han supuesto, desde el punto de vista de la izquierda alternativa y anticapitalista, un verdadero fiasco. Un desastroso resultado teniendo en cuenta las expectativas creadas por las movilizaciones sociales contra el gobierno de Aznar. Tras la huelga general contra el decretazo, el hundimiento y la nefasta gestión gubernamental del caso Prestige y la guerra (invasión) contra Iraq, las condiciones objetivas parecían apropiadas para que la izquierda nominal, e IU en particular, alcanzara una mayor cuota de poder. Pero su moderado discurso crítico, no ha calado. Ha llegado el momento, por tanto, de reflexionar, sin rasgarse las vestiduras, sobre el futuro de IU.

Es imposible articular una propuesta radical y anticapitalista, en torno a una visión reformista, como la que encabeza la actual dirección de IU. El pensamiento de centro-izquierda, por así decir, es patrimonio del PSOE y de su variable estrategia de marketing electoral. Resulta inconcebible ser al tiempo cola de león y cabeza de ratón. El caudal de votos y de iniciativas políticas que deberían impulsar y agitar la acción concreta de IU no se encuentra en la frontera delimitada por la izquierda del PSOE. Antes al contrario, es necesario admitir que tanto el suelo electoral de PCE -con sus diferentes corrientes- como lo que se podría denominar de forma genérica mundo alternativo (anarco-comunistas, okupas, formaciones minoritarias agrupadas en el Foro Social y los diferentes partidos comunistas todavía existentes, etc.) está -en términos ideológicos- a la izquierda de la actual dirección de IU. Es conocido que existe una bolsa crítica que, elección tras elección, se sumerge en las filas de la abstención. Mujeres y hombres que consideran, quizá con cierta dosis de razón, que las formaciones de la izquierda clásica no representan sus intereses de clase. Ahí, en ese conjunto dispar aunque rico en ideas y alternativas, se encuentra una parte de la izquierda real. Quizá sea una pequeña parte, disgregada, pero es muy difícil concebir una organización comunista, hacer política alternativa para tiempos de capitalismo salvaje, constituir un nuevo sujeto histórico, sin tener en cuenta ese variado universo de contestación que adquiere cada día más fuerza y presencia.

El sujeto histórico transformador, que urge reconstruir desde las señas de identidad de la izquierda –propiedad de los medios de producción, libertad, igualdad, fraternidad, justicia- y no desde los nuevos valores sociales herederos de la caridad tales como la solidaridad y sus aledaños, tiene que ser capaz de desarrollar una nueva conciencia de clase. Esta conciencia de clase sólo puede ser conciencia de la clase explotada: de los explotados, cualquiera que sea su situación laboral –activa o inactiva- o económica. De la misma forma que el pensamiento dominante es el pensamiento de la clase dominante, la respuesta colectiva sólo puede ser la respuesta articulada, ideológica, de la clase explotada. Para una formación que se reclama parte de la izquierda –al margen de que lo sea o no en realidad y de que represente o no a toda la izquierda real- el referente tiene que ser el mundo del trabajo, la explotación universal y la carencia de derechos colectivos. Esta conciencia es el pueblo de Porto Alegre, una colectividad que demanda referentes claros e ideas nuevas para combatir esta perversa y avanzada forma de capitalismo tecnológico-espectacular.

La participación activa en las instituciones democráticas tiene que ser siempre un medio, nunca un fin en sí mismo. La dulzura de la alfombra no puede hacer olvidar que se camina sobre una mentira vestida de micrófonos, privilegios de casta y alienación. En el juego mediático -en los conflictos de intereses de los grandes grupos de transmisión/difusión de la ideología dominante- IU no tiene nada que hacer. Variar esa forma pública de aparición, organizar la resistencia crítica aprovechando de manera subversiva las instituciones haría, de entrada, más creíble la presencia de IU en ellas.

Presentar enmiendas y proposiciones de ley –sin repercusión pública- o solicitar formalmente medallas y comisiones de investigación no es una forma de combatir el capitalismo. Es más, eso no es combatir el capitalismo o luchar por cambiar la propiedad de los medios de producción y sus relaciones. Resistencia es la palabra clave para estos tiempos. Resistencia y creación constante de alternativas a la forma impuesta por el capital. No debería ser necesario recordar, a estas alturas del desarrollo espectacular del imperialismo, que la nueva forma-estado impuesta por el poder económico para la gestión política y la explotación y distribución de los recursos y del trabajo se denomina, en occidente, Democracia. Organizar la resistencia frente a la tiranía del capital y su modo de producción y reproducción debe ser el camino. Y la democracia, esto es, el gobierno de la colectividad con fines públicos, o es comunista o no es nada. Comunismo es democracia.

La izquierda organizada, e IU en concreto, ha perdido el sentido y la referencia. Y ha perdido la brújula conceptual para analizar la realidad porque ha dejado de mirar a sus fuentes teóricas y prácticas. Ha dejado de mirar la realidad social, para dejarse arrastrar por los cantos de sirena de las instituciones y de la farándula mediática. Cualquier derrota ideológica resulta descorazonadora, pero una abdicación total por abandono del campo de batalla es, si cabe, peor. No se puede jugar al entretenimiento que propone la democracia institucional con cartas marcadas por poder. El campo de batalla de IU sólo puede encontrarse en los centros de trabajo, en las colas del INEM, en cualquier forma condenada por el sistema a la marginalidad, al silencio. En dos palabras, allí donde la subversión del orden -pese a las dificultades que impone la propaganda- es todavía posible.

Esta petición de principio no pretende ser una letanía. La izquierda es plural y en esa pluralidad está su riqueza ideológica y táctica. Pero el concepto de pluralidad ha sido interpretado (malinterpretado) como pluralidad en sí, como si el hecho de ser ideológicamente diferente fuera un valor de uso político. Pluralidad es reconocimiento de las posiciones minoritarias con el fin de alcanzar la integración en plataformas comunes que den más fuerza a las ideas transformadoras, y no un mero catálogo o abanico donde convivan, sin criterio aparente ni fin común, un repertorio multicolor de ideas aparentemente afines. La izquierda comunista, e IU debería reivindicar esa palabra ya que su componente mayoritario es el PCE, debe contemplar la realidad con el deseo de transformarla. Contemplar para describir es la tarea del humanismo. La izquierda está, existe. Aunque quizá no esté tan cerca, hoy por hoy, de las posturas de IU como sus ilusionados dirigentes se empeñan en afirmar.