VOLVER A LA PAGINA  PRINCIPAL
La vieja Europa

3 de diciembre del 2003

Portugal, América Latina y la nostalgia imperial de la derecha española

Miguel Urbano Rodrigues
http://resistir.info

Bajo el desgobierno de José María Aznar, España galopa hacia la extrema derecha. La imagen que proyecta es la del estado más reaccionario de Europa. Como aliada de los EEUU, España cumplió un papel degradante en los meses que precedieran a la agresión a Iraq. No ha cambiado desde entonces. A Aznar le gustaría que su país hubiera desempeñado en la guerra tareas más importantes, como ocurrió con Gran Bretaña. Pero las fuerzas armadas españolas no disponen de los medios, de la capacidad y de la tecnología de las británicas. Sin embargo, ocupada Bagdad, Aznar no solo envió 1300 soldados a Iraq, sino que se desplazó a Centro América en misión de Bush para convencer a países de la región a enviar tropas a Mesopotamia. Esa pobre gente más parece un ejército de opereta que una fuerza combatiente. Algunos hondureños ya han dejado sus esqueletos en Iraq, sin siquiera saber por qué murieron.

Los pueblos de España empezaron desde luego a pagar la factura de la política de total sumisión del gobierno de Aznar al sistema de poder de los EEUU. La retirada del personal de la Embajada de Bagdad y las primeras muertes de españoles abatidos por la resistencia-entre ellos siete agentes secretos- son el prólogo de un desastre de grandes proporciones.

El asalto del capital financiero español a América Latina asume aspectos avasalladores.

En algunos países del hemisferio las inversiones españolas ocupan ya el primer lugar, superando a las estadounidenses.

No sin ironía, hace dos años la revista Newsweek, en un artículo de portada titulado El regreso de Cortés, llamó la atención respecto a esa invasión de nuevo tipo y su agresividad.

Telefónica, Repsol y dos grandes bancos, el Santander y el Bilbao y Vizcaya se esfuerzan por abrazar el mundo latinoamericano con sus tentáculos.

Newsweek, la gran revista representativa del establishment estadounidense, no mintió al llamar la atención a una situación mal conocida: el capital financiero llegado de España opera en el continente con más crueldad que la mayoría de las empresas norteamericanas.

En Brasil la adquisición por el Santander del Banco del Estado de Sao Paulo-Banespa se concretó en circunstancias anormales. El negocio y sus consecuencias provocaron escándalo. Hubo despidos masivos, protestas y huelgas. Los bancarios brasileños definen los métodos de gestión introducidos –tal como ocurrió en las empresas compradas por la Telefónica- como típicos del capitalismo salvaje.

Sería una ingenuidad atribuir exclusivamente a Aznar la responsabilidad por la entrada torrencial en América Latina de las transnacionales españolas. El capitalismo es un sistema que utiliza a los hombres de que precisa según la circunstancia.

Hay que recordar que la invasión del capital español comenzó durante el gobierno de Felipe González, del PSOE, en realidad un socialdemócrata convertido al neoliberalismo.

Desde luego fue ya con Aznar en el poder que Felipe González envió a su amigo De la Rúa, como asesor económico, a Carlos Solchaga, ex ministro de Industria del PSOE. Como era natural, el consejero y el presidente se entendieron a las mil maravillas. Son vino del mismo tonel. El resultado de la política de La Rúa (continuación de la de Menem) es bien conocido: la casi bancarrota que precipitó a la Argentina a la más grave crisis de su historia.

La presencia de Kirchner en la Casa Rosada suscitó preocupación en Madrid. Las transnacionales instaladas en la Argentina temían que sus privilegios fueran afectados por la política del nuevo presidente.

La visita del rey de España en noviembre a la gran república del Plata fue un reflejo de esos temores. El viaje dio origen, desde luego, a una ola de comentarios contradictorios. Juan Carlos de Bourbon cultiva la imagen de un monarca democrático, sin ambiciones. Pero es evidente que el rey mantiene las mejores relaciones con personalidades representativas del gran capital. En su viaje a la Argentina, abriendo una excepción, muy comentada, llevó en el equipaje, como amigo personal, a Francisco Luzón, el brazo derecho del hombre fuerte del Santander. El jefe del gigante bancario no pudo seguir en la comitiva porque contra Patricia, su hija, directora internacional del grupo, fue emitido en Buenos aires un mandato de captura.

PORTUGAL: EL OBJETIVO OCULTO

En Portugal, la invasión del capital español presenta características aún más preocupantes que en América Latina.

Estamos ante una ofensiva global que es, simultáneamente, financiera, comercial y cultural, y que produce efectos en casi todos los sectores de la vida nacional.

Inseparable de una estrategia con objetivos políticos inconfesables, configura una amenaza a la propia identidad portuguesa.

La penetración del capital financiero es acompañada de inversiones masivas en áreas tan diversificadas como la industria, el comercio, los espacios urbanos, la agricultura, el turismo, la comunicación social. No escapan a esa invasión ni las profesiones liberales.

En la última década, España ha pasado a ser el primer socio comercial de Portugal (1). Casi no comemos ya la fruta portuguesa, sustituida por la española. Hasta el pan y los helados españoles invaden los supermercados. Utilizando las puertas abiertas por los mecanismos de la Unión Europea, el diluvio español mezcla la comida con el vestuario, los electrodomésticos y con la compra en Lisboa y Oporto de cuadras enteras.

Ahora, al primer ministro Durao Barroso le fascina la idea de enviar enfermos portugueses a hospitales españoles. El hombre contempla Madrid como sede imperial con la devoción de los virreyes del Perú y de México en la época de los monarcas de la Casa de Austria.

En el Minho como en Alentejo, Portugal retrocede. La compra de tierras en la zona de Alqueva avanza a un ritmo que justifica el temor de que la represa -la mayor de Europa-, en vez de cumplir su función social, sea transformada en un gran lago turístico de colores españolas. Terratenientes e industriales españoles compran grandes fincas en la región para criar cerdos.

El proceso de capitulación viene de lejos. Se intensificó durante el gobierno de Guterres. Ahora Durao Barroso, con impudor, amplía las cesiones y ofrece a Aznar instrumentos que permiten a España crear condiciones ideales para transformar la hegemonía económica en nominación política.

La incapacidad de defender los intereses nacionales, incluso en la Unión Europea (al contrario de lo que hicieron y hacen Suecia, Dinamarca, Finlandia, Grecia y la misma España) se manifiesta de manera permanente en el diálogo con Madrid. Los españoles imponen su voluntad en las pescas, los ríos de frontera, los problemas ambientales. El acuerdo de Figueira da Foz para la implantación del llamado mercado ibérico de energía eléctrica nos ofrece el retrato de una política de vasallaje neocolonial.

¿Hacia dónde donde camina Portugal con tal política?

Irónicamente, un diario madrileño ya ha afirmado que Portugal es la provincia de España que menos dolor de cabeza provoca a Aznar.

NO SOMOS ESPAÑOLES

En la atmósfera podrida en que se mueven los partidos de la trilogía neoliberal –el PSD, el PP y el PS– la progresiva colonización de Portugal por el capital español no suscita obviamente aprehensiones. Ministros y diputados de esa derecha orgullosamente barnizada de europea (algunos con máscara socialista) garantizan que todo se haga en el ámbito de las reglas comunitarias, respetando el ordenamiento jurídico institucional de la UE.

Una minoría aspira incluso a que la integración luso-española se profundice en el terreno político. ¿Hasta dónde?

Todavía no se atreven a decirlo públicamente, pero en círculos de amigos, hay quienes retoman el discurso del iberismo, admitiendo como inevitable e incluso benéfica la desaparición de Portugal como estado plenamente soberano.

Como comunista, soy internacionalista. Pero no olvido que lo universal nace de lo particular. Me siento portugués y, como portugués, alentejano. Fue la lucha por la liberación de mi pueblo la que hizo de mí un revolucionario marxista y no a la inversa.

La crisis global de civilización que atravesamos confirma que el combate por un mundo diferente contra el monstruoso sistema de dominación imperial que amenaza a la humanidad pasa por la resistencia de los pueblos. La Revolución francesa no habría triunfado sin el profundo sentido de lo nacional que movilizó al pueblo contra la invasión extranjera. La Revolución cubana no hubiera podido avanzar y sobrevivir sin la conciencia de la cubanía de un pueblo que no acepta ser otra vez neocolonia de los EEUU. En Iraq y Afganistán, hoy, en otro contexto histórico, son, finalmente, la identificación con herencias culturales acumuladas y la voluntad colectiva de construir el futuro, partiendo de valores propios –rechazando tutelas impuestas por invasores- las que explican la resistencia y movilizan a los pueblos de esos países contra los ocupantes extranjeros.

El sentido de lo nacional a que me refiero nada tiene de común con el nacionalismo reaccionario fascista que nosotros, portugueses, hemos conocido bien durante el consulado de Salazar, cuya huella ideológica está presente en el discurso de la actual extrema derecha de mi país.

El primero es humanista y fraterno; el segundo agresivo, hegemonista, clasista.

Quiero subrayar que no confundo el pueblo de España con los políticos de Madrid y las transnacionales que emergen como responsables de la ofensiva actual que configura una amenaza a la identidad portuguesa.

Tengo una bisabuela andaluza y los grandes escritores y artistas del Siglo de Oro español influyeron mucho, en la juventud, en mi formación cultural. Mi amor por el mundo latinoamericano es indisociable de una gran intimidad con la historia de España en el Nuevo Mundo, una historia dolorosa en la cual lo trágico y lo épico forman un todo inseparable.

La derecha portuguesa, aliada y cómplice de la madrileña, no oculta su indignación cuando, en defensa de los intereses nacionales y de la misma identidad, se oyen voces que alertan contra la colonización del país por el capital español. Cualquier crítica a ese proceso de penetración económica y cultural es denunciada como … reaccionaria.

Algunos epígonos del sistema llegan al colmo de considerar inoportunas y de mal gusto las referencias a la batalla de Aljubarrota (2) .

No me impresiona en lo más mínimo esa gritería. Como marxista no siento inhibición en recordar que la clase dominante española, esa sí anacrónica, fiel a la nostalgia imperial, no solo insiste en presentar como hazañas gloriosas matanzas como el genocidio de Tenochtitlán, en México, sino que siente una secreta frustración por la permanencia de Portugal como estado soberano.

No olvido que en el sexto centenario de la revolución de 1383-85, el general Vasco Gonçalves, ex primer ministro de la Revolución de abril, escribió sobre Aljubarrota -en un suplemento del periódico O diário- el más bello y lúcido artículo que conozco sobre el tema.

Al igual que ese gran portugués del siglo XX, pienso que la más importante lección de Aljubarrota no ha perdido actualidad.

Hoy, obviamente, es inimaginable un conflicto militar con España.

¿Qué significa entonces Aljubarrota, comprendida en los nuevos tiempos?

En primer lugar, que Portugal (y también Brasil) existen tal como son porque el pueblo portugués resistió, siguiendo un camino propio, rechazando la integración a Castilla. Los grandes viajes marítimos de los portugueses, la mayor contribución de mi pueblo al progreso de la humanidad, fueron una consecuencia indirecta de la victoriosa revolución del 83-85.

En segundo lugar, el levantamiento nacional tuvo éxito porque la traición de la nobleza (la caballería pesada portuguesa combatió al lado de Don Juan de Castilla) exigió la creación de un ejército improvisado, salido del pueblo.

Bolívar –odiado y calumniado por las oligarquías criollas– afirmaba que el ejército libertador era el pueblo en armas.

El ejército de Aljubarrota fue el pueblo portugués en armas.

Como Vasco Gonçalves, siento orgullo por el desarrollo de una revolución en la cual el pueblo tomó las armas para garantizar su derecho a la independencia, en una guerra justa.

No es por las armas que nos cabe hoy defender la identidad portuguesa. Son otros los tiempos y diferentes, en Europa, las formas de lucha contra las tentativas de dominación extranjera. Pero el ejemplo de firmeza, coherencia, coraje y lucidez de nuestros ancestros que hace seis siglos hicieron posible el desarrollo de una gran revolución democrática y nacional puede y debe ser un estímulo en la lucha contra la amenaza a la soberanía que acompaña a la colonización del país por el capital español.

Aquello que no fue posible por la fuerza de las armas lo intenta obtener ahora, por el poder del capital, la España de Aznar y de las transnacionales.

La resistencia a ese proyecto imperial se anuncia como uno de los mayores retos que el pueblo de Portugal enfrenta en este inicio del siglo XXI.

Notas

(1) Actualmente Portugal es el quinto socio comercial de España. Las exportaciones de España a Portugal,casi inexistentes hace 20 años, exceden en valor la suma de todas sus exportaciones hacia América Latina (en Revista Visao, Lisboa, 13-19 noviembre pp)
(2) En Aljubarrota, el ejército portugués, con 9000 hombres, infligió una derrota aplastante al ejercito invasor de Castilla, de cerca de 42 000 efectivos, destruyéndole como fuerza combatiente.

El original portugués de este articulo se encuentra en
http://resistir.info
Traducción de Marla Muñoz.