VOLVER A LA PAGINA  PRINCIPAL
La vieja Europa


1 de diciembre de 2003

El rey en pelotas

Antonio López del Moral
Rebelión

Lo cierto es que después del lamentable espectáculo de aquel corneta que interpretó el himno nacional como si estuviera borracho (y probablemente lo estaba), resulta esperanzador comprobar que al menos en otras partes del mundo, concretamente en Australia, saben apreciar los esfuerzos de nuestro presidente Aznar por exportar lo ibérico. En efecto, ante la atónita presencia de tenistas, miembros dela federación, deportistas y otras especies de la movida patria, James Morrison, ese trompetista con nombre de jazzman obligado a hacer de camarero en un bar, se puso a tocar nada menos que el Himno de Riego. ¡O tempora, o mores! Cuando lo escuché estuve tentado de dejarme llevar por la pasión, ¿qué ocurría?, había sufrido una abducción, la realidad se metamorfoseaba, todo lo anterior, Aznar, el decretazo, la guerra, ¡el pucherazo de la Comunidad de Madrid!, todo pertenecía a un mal sueño, y ya los mejores tenistas del mundo, por supuesto, españoles, se ponían firmes ante el himno de nuestra República. Luego la fiebre pasó rápidamente, los responsables políticos –y subrayo la palabra, hoy todo es política, incluso lo que no lo es- esos comisarios, digo, se apresuraron a hacer oír sus más enérgicas protestas. ¡Estaría bueno! Después de que los rojos han estado a punto de entrar en el gobierno de la Comunidad de Madrid, tras el más que probable asalto al de la Generalitat Catalana, lo único que faltaba es que nos colocasen un himno republicano en un acontecimiento de la importancia de esta Copa Davis. Ya se sabe que el tenis siempre ha sido un deporte muy de derechas, ahí esta, si no, el legado de aquel tenista que jugaba sentado en una silla, René Lacoste, de quien no nos ha llegado su drive o su revés cortado, pero sí el cocodrilo que lucen las señoritas de Serrano y los hijos de Aznar cuando quieren salir en plan casual. Manolo Santana, que hace años intentó lanzar su propia línea de ropa deportiva asociado con un tío mío, pasea actualmente sus excesos por Puerto Banús y otras mecas de la modernidad post Tómbola, y bueno, Alex Corretja se depila las cejas, Ferrero colecciona Ferraris, y aunque ninguno de estos prohombres de la patria cotiza en España –Mónaco, Andorra y otros paraísos fiscales son el hábitat natural del deportista de élite-, el gentío los adora, los encumbra y los considera la punta de lanza del españolismo. Ya que no tenemos científicos, ya que los escritores son personajes extraños que hacen cosas tan pasadas de vueltas como pensar, ya que los actores y directores de cine se dedican a protestar contra la guerra en lugar de centrarse en lo suyo, al menos nos quedan estos chicos deportistas, que el deporte desde siempre ha estado bien visto, ya decía Franco eso de Contamos Contigo, y que viva el Cola Cao.

El caso es que el apretón en las filas ha sido unánime. ¡Qué energía la del secretario de estado para el deporte, Gómez Angulo, cuando protestaba a voz en cuello, desde el graderío, como un hooligan cualquiera, dedo en ristre, corbata en cuello y gesto mordedor! Casi suponía un insulto a la estética del tenis, tan alejada de la del fútbol y otros deportes más de masas, pero el tipo, que los tiene bien puestos, abandonó el estadio como signo de mal rollo y además bajó a los vestuarios e instruyó a los jugadores para que no iniciasen el partido hasta que se tocase el himno correcto. ¡Estaría bueno!

A mí, que todas los orgullos nacionalistas me vienen un poco grandes, o, más bien, estrechos, me importa un bledo el que se toque una melodía u otra. Ya dije en otra ocasión que el mejor símbolo de un nacionalismo es precisamente ese soldado borracho interpretando lamentablemente el himno patrio, mientras, con patética solemnidad, los soldados, los presidentes, ministros, embajadores y prohombres del país, y hasta la cabra de la legión. se cuadran y conmueven, y hacen el saludo militar y sienten cómo se les humedecen los ojos, quizás en parte por la incómoda brisa que suele aparecer en las explanadas donde se perpetran estos actos trasnochados. El concepto de nación y la idea de nacionalismo, que provienen del Romanticismo del XIX, ya han sido ampliamente arrastrados y disgregados por los sucesivos embates de la revolución obrera, del movimiento hippie y, sobre todo, del individualismo keynesiano, el capitalismo razonado por gurús como Alvin Toffler, que encima resultan interesantes, o rebatido por personajes como Noah Chomski, que además emocionan. Cada uno es muy dueño de conmoverse con la música que más le apetezca, de hecho hoy por hoy, con lo de Operación Triunfo y la institucionalización del karaoke como método de composición melódica, lo cierto es que los niveles generales han descendido casi tanto como el Prestige, y los conciertos de gente que no sabe ni cantar, como Enrique Iglesias (todavía me río cuando recuerdo su impagable unplugged), están más abarrotados que un mitin de Bin Laden en Massachusetts. Pero hacer una cuestión de estado por la idiotez de un quítame allá esos himnos me parece una salida de tono, a no ser, claro está, que detrás de todo haya algo más, qué se yo, un temor escondido al retorno de la República, un miedo atávico a que la boda del Príncipe vaya a jorobarse, el pánico escénico a que la gente empiece a darse cuenta de las verdades y deje de creer en la mentira oficial. Yo creo que los tiros van más bien por ahí, y mientras el rancio sentimiento español siga saliendo a flote por temas como este, el populacho seguirá creyendo lo que le cuentan, y el rey podrá continuar paseando en pelotas con su inexistente traje nuevo, aprovechando que nadie tiene arrestos para gritarle que va desnudo.